Cuento la ratita presumida

Había una vez en un bosque no muy lejano la ratita presumida que se llamaba Florinda, una ratita de ciudad como muy pocas, hacendosa y muy trabajadora; su hogar estaba siempre completamente limpio y ordenado, impecable y ella de la misma manera, siempre limpia y muy hermosa. Todas las mañanas Florinda se despertaba y decoraba todo su hogar con flores frescas, para aquel delicioso perfume de las mismas lo llenara y para la parte más importante de la casa dejaba una margarita, esa parte era ella, que se ponía todos los días una margarita en el cabello para verse muy coqueta.

Un día mientras barría la entrada de su casa, se encontró una brillante moneda de oro, tuvo mucha suerte de inmediato pensó en que tenía que comprar un artículo de moda para verse aún más hermosa, para eso usaría el dinero; no sabía exactamente qué quería comprar, pero al cabo de un rato decidió que lo mejor sería un lazo para su larga cola, así que se puso sus zapatos de tacón y como siempre muy coqueta, se fue hacia la mercería para comprar una hermosa cinta roja de seda que realzaba su figura y por supuesto, su hermosa cola.

Cuento la ratita presumidaDe regreso en casa se puso la cinta y como sabía que se miraba realmente hermosa, se sentó en el jardín frontal de la casa, para que todo el mundo la observara y la admirara; pasó tal cual lo había pensado, porque de pronto un interesante pacto iba pasando frente a su hogar y le dijo: “qué hermosa te ves hoy ratita Florinda, ¿no quieres casarte conmigo?” A lo que la ratita respondió: “¿y por las noches qué harías?” Y el pato le dijo sencillamente: cuák, cuák, cuák. Y al escuchar ese horrible ruido en la ratita lo echó de inmediato, porque le dijo que no podría dormir con tales rebuscados.

Al cabo de un rato un cerdo pasó por ahí y le hizo la misma oferta, pero la ratita le contestó con la misma pregunta y cuando el cerdo respondió que por las noches haría el ruido: “oink, oink, oink”, la ratita le dijo lo mismo que al pacto, que se fuera porque no podría dormir con ese ruido.

Luego pasó un ratoncito muy pequeño, le dijo un cumplido y luego le pidió que se casara, pero ella ni siquiera le hizo la pregunta, le ordenó que se fuera porque considero que era muy débil y ella siempre había querido un marido grande y fuerte.

Luego pasó por ahí un hermoso gato con ojos azules, el cual le hizo un cumplido y le dijo que se casara con ella y dio la mejor respuesta a la pregunta de la ratita, no haría ningún ruido durante la noche; la ratita contenta lo invitó a pasar para comer pastel y cruzando la puerta del gato intentó comérsela, pero el ratoncito que todavía se encontraba cerca fue en su auxilio y con una escoba logró hacer que el gato se fuera a golpes.

La ratita supo que había cometido un error, que las apariencias no lo eran todo; se casó con el ratoncito y vivieron felices para siempre.