El Oso pardo que nunca se enfadaba

En un hermoso jardín, lleno de coloridas flores vivía un gran oso marrón, con un bello corazón. Era un oso tan bueno, y tan conocido por su gran corazón que todos en el jardín decían que no había nada que pudiera molestarlo.

Cada mañana, El oso pardo se levanta lleno de alegría, cantando y bailando sale a buscar su miel. Al regresar a su linda y cómoda casa, que estaba en el  tronco más grande de todo el jardín, se ponía a limpiar todo, porque al oso le gustaba que todo estuviese siempre ordenado y limpio. Por eso su casa siempre estaba brillante y linda.

La casa del oso era un lugar muy ordenado y  limpio, se respiraba la paz,  debido a que la  cuidaba  cada día y siempre estaba acomodando y colocando todo en su lugar.

El Oso pardo que nunca se enfadabaPor eso a todos los animales del jardín les encantaba su cálida y bella casa, y todas las tardes muchos animales iban a visitar al oso, especialmente mamá coneja. El Oso como nunca se enojaba y siempre estaba feliz, los recibía a todos en su casa, los atendía y ofrecía algo de comer.

Mamá coneja, que era la que más visitaba al oso, llegaba y se ponía a conversar, y llorando muchas veces le decía que ella quería lograr que su casa estuviese tan ordenada como la suya, pero que eso era algo casi imposible para ella debido a que tenía ocho conejitos, y todos eran muy desordenados, traviesos y no podía controlar, casi ni le hacían caso, y cada día mamá coneja se sentía más desesperada.

El Oso a diario la escuchaba y si podía también la aconsejaba. Ella se sentía mejor al contarle todo al cariñoso oso, pero sin embargo no lograba ninguna mejoría en su hogar.

La mamá coneja, un día amaneció muy agotada, triste y con un presentimiento muy fuerte por sentirse tan mal, que decidió reunir a todos sus hijos para conversar con ellos. Al tenerlos a todos lo más calmados posible, les dijo: Niños, si alguna vez no estoy con ustedes porque me llegase a pasar algo, les pido que vayan con el oso de gran corazón, el que vive en la casa más hermosa del jardín, estoy segura que él como nunca se enfada, los ayudará.

Al pasar un tiempo, la mamá coneja desapareció y los traviesos conejitos recordaron las palabras de su mamá y se fueron a la casa del gran oso. Él, los recibió con mucho gusto. A pesar de su acostumbrado orden en la casa, el oso estaba feliz de tener a los conejitos en su casa, y cada noche acomodaba todo el desorden de los pequeños y  limpiaba todo el desastre de las travesuras que hacían,  luego de bañarlos, alimentarlos y acostarlos a dormir