El oso manso

Arturo, uno de los mejores cazadores, se dispuso a otra aventura en el bosque y logró encontrar en pleno invierno un hermoso oso blanco, muy manso, al que más que cazarlo, simplemente lo adoptó.

La belleza de aquel animal le hizo pensar a Arturo en regalarlo al Rey de Dinamarca  como obsequio de Navidad.

Sin embargo, en el camino, una nevada enorme y despiadada se hizo presente y el oso y Arturo necesitaban encontrar un lugar para pasar la noche y partir de nuevo al castillo.

Entre tanto vagar, consiguieron una pequeña cabaña en medio del bosque con una chimenea, a la que tocaron la puerta en busca de refugio. Al no recibir respuesta, Arturo insistió hasta que un granjero humilde y su mujer abrieron y extrañados le indicaron que era raro que hayan llamado a la puerta, sin embargo, le dejaron pasar.

Los granjeros se disponían a salir a las cuevas, recomendando a Arturo lo mismo ya que para Navidad, unos Gnomos molestos y ruidosos hacían acto de presencia para comerse toda la comida, beber toda su cerveza y además dormir en sus camas, las cuales destruían al igual que los muebles de la casa.

El oso mansoArturo vio en esto una oportunidad de retribuir a los granjeros de apellido Palomares, y les invitó a quedarse en sus camas, ya que en agradecimiento por la morada, ellos cuidarían su hogar y espantarían a los Gnomos.

Y así fue como llegó la noche y de pronto, unas carcajadas molestas y unos pasos ruidosos se hicieron sentir hasta que los Gnomos llegaron y comenzaron a comer y beber, hasta que uno de ellos, por efectos del licor, comenzó a explorar la casa y se topó con aquel bello y manso oso, al que confundió con un gato y quiso darle comida, de una forma molesta y burlona.

El oso no lo pensó y lo ahuyentó, a ese y a todos los Gnomos, persiguiéndoles hasta las montañas nevadas antes de volver a dormir.

Sorprendidos con lo ocurrido, los Palomares no cabían de felicidad y les ofrecieron a Arturo y su oso la comida que había quedado, al igual que la estadía esa noche, la cual pasaron entre el calor de la chimenea y las risas al recordar lo sucedido.

Este acto no pasó por alto en los Gnomos, que aún temblaban al recordar el tamaño de aquel peculiar gato que rugía con el estruendo de todas las montañas juntas, informaron a todos de lo sucedido y no precisamente para volver juntos, sino para evitar a toda costa ya que aquella casa de los Palomares tenía un gato muy grande y feroz.

Una vez llegada la mañana, Arturo y el oso se dispusieron a continuar el viaje  vía al castillo real para conocer al Rey y entregar el regalo, mientras que en la casa de los Palomares, la valentía de aquel oso y Arturo, jamás sería olvidada y desde entonces, aquellos humildes y trabajadores podrían dormir en paz y disfrutar de su fiesta de noche de Navidad.

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