Cuento el duende de la tienda

Érase una vez, un pequeño duendecito que vivía en la tienda de un  hombre junto a su querida  y bella esposa. Día a día, el hombre de aquella vieja tienda  le daba al duendecito una rica comida,   un buen pan con mantequilla y queso y un suculento chocolate caliente, lo que hacía sumamente feliz al duendecito.

Arriba de la tienda  del hombre vivía  un joven estudiante que también  había llegado de un lejano país a estudiar en el pequeño pueblo y  tener más conocimientos y preparación para su futuro. El duendecito nunca se atrevía a hablarle al muchacho estudiante de la tienda, al cual veía todos los días,  pero no quería molestarlo porque además veía que en su tienda había poco pan y eso era lo que a él le importaba.

En una de las noches más  frías, el estudiante se acercó a la casa del tendero para pedirle un trozo de queso y un poco de chocolate caliente, ya que no tenía nada en su tienda de comer. El tendero muy amablemente se levantó de su silla cerca de la chimenea, cortó un poco de queso y lo envolvió en una hoja que tomó de entre los troncos quemados de la chimenea, era una hoja vieja con poesías escritas.

El joven estudiante, al ver lo que el hombre hacía, se asombró y le preguntó ¿Por qué ha hecho eso señor? Usted no sabe que la poesía es enriquecedora, que alimenta a la humanidad con la riqueza de sus palabras. El muchacho se puso inmediatamente a limpiar la hoja  lo más que pudo y se la guardó en el bolsillo para conservarla.

Al ver la actitud del joven estudiante, el duendecito que se le la pasaba a los pies del tendero, saltó fuertemente y le gritó al muchacho replicándole ¿Cómo te atreves? ¿Quién crees que eres para reclamar las acciones del señor? Vete de inmediato a tu tienda con tu poesía vieja y no vuelvas.

Pasaron los días, y en una bella noche el duendecito escuchó una melodía que entraba por su ventana, salió para encontrar de dónde venía tan hermoso sonido. Buscaba y buscaba hasta que se acercó a la tienda del muchacho estudiante y se dio cuenta que era el joven  quien cantaba y a la vez leía aquella hermosa poesía. El duende estaba encantado y todas las noches, noche a noche se acercaba a la tienda del muchacho para escuchar las hermosas poesías y canciones.

Al pasar los días, el joven estudiante quien había notado la presencia del duendecito noche tras noche,  se le acercó y le preguntó al duendecito: ¿Quisieras vivir conmigo en mi tienda y así podrás todas las noches escuchar mi música y poesía? Puedes leer conmigo la poesía. Suspirando y luego de un largo silencio el duendecito le respondió: Muchas gracias joven estudiante pero no puedo, me encantaría porque tu música y poesía es única pero no puedo cambiar el pedazo de pan y queso que me da el señor de la vieja tienda a diario por tu arte.